Después de haberla conocido y mantenido largas conversaciones con ella vía internet durante más de un mes, por fin llegó el día de la cita. Aquella noche él desempolvó su mejor traje del ropero, lustró sus botines de taco aperillado, se dirigió al espejo para aplicarse brillantina a su cabello para darle a su peinado un estilo chacalonesco. Antes de salir, perfumó algunas partes de su cuerpo con Patchouli y se fue a grandes trancos para llegar puntual al lugar acordado.
Parado en la esquina cuál poste, encendió un cigarrillo como para calmar su ansiedad, mientras, algo inquieto, buscaba en cada mujer que pasaba, encontrar el rostro de ella. Cuando de pronto, una voz media gangosa le dijo - Holaaah - muy cerca al oído, tomándolo por sorpresa, el giró la cabeza y se chocó con los ojos de ella que lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja. Él, muy caballeroso le hizo una reverencia y tomó su mano para estamparle un beso, para luego sin decir palabra alguna, llevarla raudamente al hostal más cercano.
Ya instalados en una húmeda y lúgubre habitación, él apagó la luz, y como un ritual de serpientes encantadas, ambos se fueron despojando de sus ropas para darle paso a las bajas pasiones entre jadeos y poses sobre el viejo colchón mudo, testigo de incontables encuentros amatorios de parroquianos al paso. Después de haber sellado su faena sexual, el se empezó a vestir, pero de pronto se puso a buscar algo por toda la habitación y hasta debajo de la cama. Su rostro se transformó en un gesto amargo y un sudor frío le recorría de la cabeza a los pies, ella muy relajada lo miraba pero algo preocupada le pregunto - ¿Qué buscas? - en ese mismo instante un olor nauseabundo invadió toda la habitación, el la miro con los ojos desorbitados y le gritó - Desgraciada, te tragaste mis calcetines!!! ahora me los vas a pagar...
La tomó del cuello con sus manos sudorosas y apretó tan fuerte que ella con las justas pudo, en un grito ahogado decir - Ayudenmeeee!!! En ese momento los cuarteleros y curiosos se acercaron alarmados, y al ver la dramática escena de abuso trajeron palos y lo remataron a golpes hasta dejarlo privado, luego arrojaron su cuerpo en pelotas a la fría calle al lado de un montículo de basura.
Al cabo de unos minutos, él se repuso de la tremenda paliza, se puso de pié como si nada hubiera pasado, se acomodó el cabello y se fué dando brincos para perderse entre la neblina de la noche
Al cabo de unos minutos, él se repuso de la tremenda paliza, se puso de pié como si nada hubiera pasado, se acomodó el cabello y se fué dando brincos para perderse entre la neblina de la noche
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Por Martín Ormeño (Padre)